Un texto en primera persona

Trabajo en proyectos de curaduría y producción. Soy ensayista.
De una primera etapa de formación en la Universidad Nacional de Rosario, adonde cursé la carrera de Bellas Artes, derivó mi inclinación por las tareas de investigación, iniciadas en el Museo Castagnino, Rosario, Argentina, en 2000.
Por entonces, este establecimiento reabría sus puertas planteando la necesidad de una política museológica tendiente a revisar sus lagunas historiográficas. Así es que, en el marco de una convocatoria, pude incorporarme a este espacio, que comenzaba una etapa prolífica con exhibiciones y programas editoriales que daban cuenta de la creación artística local y nacional.
Al principio de 2003, empecé a coordinar uno de los proyectos centrales de la historia de dicha institución: la constitución de una Colección de Arte Argentino Contemporáneo. Hoy este acervo es uno de los más importantes del país en su género. Su relevancia condujo a las autoridades municipales a forjar, en 2004, la apertura de una nueva sede, planteada como anexo del antiguo Museo Castagnino: el macro (Museo de Arte Contemporáneo de Rosario).
Fui, por un lado, la responsable de esa colección y del Programa de incorporaciones que le dio origen hasta 2011, y entre 2012 y 2013, me desempeñé como Curadora en ambas locaciones de este denominado museo Castagnino+macro
En los inicios de este mismo período, me acerqué a numerosos artistas para trabajar en colaboración. Con Eugenia Calvo, Mauro Guzmán, Sebastián Pinciroli y Lila Siegrist formé el colectivo Roberto Vanguardia. Un engendro que, pese a su breve duración, operó como uno de los paradigmas de la gestión en el campo artístico rosarino de los primeros años del siglo XXI, con un espacio propio, exposiciones y acciones realizadas a lo largo de doce meses.
Luego, con Mauro Guzmán, emprendí en 2006 Studio Brócoli. Personalmente, un verdadero proceso de laboratorio, donde me involucré experimentalmente en la articulación de alternativas de producción, cruzando la teoría y la práctica en ensayos, muchas veces devenidos en fracasos o en piezas inconclusas, atravesados por la fascinación compartida hacia las estéticas trash, las teorías queer y todo lo que hace a la cultura underground. 
Leí, estudié, entrevisté a personas y también devine en productora de proyectos, casi todos los de Studio Brócoli.
A partir de estos itinerarios encontrados, siempre acompañados por la instancia de la escritura (crítica y literaria), mis ideas de esos años se asentaron en estas zonas de interés: el arte contemporáneo, sus formas de institucionalización y de proyección alternativa, su naturaleza expansiva. Focos que impulsaron intuitivamente mis prácticas curatoriales.
En este sentido, entre la labor desarrollada desde el ámbito oficial de un museo (el ya mencionado, donde actualmente no trabajo más), las realizaciones colectivas y las tareas cotidianas, forjé un espacio de producción propio como curadora. Un lugar donde procedo desde el ensayo. Porque me interesa construir discursos, deformarlos y volverlos a editar
Desde la primera exposición que curé, me niego a la idea de que mi tarea sea colgar obras en las paredes, porque creo profundamente que tengo una gran responsabilidad: teórica, histórica y socio-cultural. Por eso incorporo el riesgo y concibo a las muestras como puestas en escena dentro de un contexto y para ese contexto. Recalo en antiguos conceptos como los de vanguardia y memoria crítica. Investigo, archivo y, aludiendo a la figura del curador en el campo del derecho, me auto-asigno las tareas de protección y representación
En definitiva, al curar asumo mi propio gesto político, y me constituyo desde toda mutación posible en tanto consumidora inquilina de una cultura en movimiento. Este posicionamiento me condujo a disponer mi propio cuerpo en escena en un work in progress, cuyo punto de partida es el género del biodrama. Un trabajo que habla de la curaduría como manifiesto y como drama, y también del drama como curaduría.


Nancy Rojas, 2015